
…Las seis de la mañana, otra vez las seis… mis viejos huesos, las canas y mis ojos cansados son testigos de la desesperante amenaza del tiempo. Todas las mañanas los sutiles rayos de luz penetran el antro oscuro de mi cuarto, rompiendo las desesperanzadas capas de polvo hasta que desafortunadamente llegan a mí… no me queda otra, supongo que así es la vida… ¿despertar?, ¿vivir?... ¿sueños?, ya no…
Me gusta ver por la ventana de mi cuarto, es muy pequeña, así que solo logro ver los pies caminando, apurados, como si tuvieran que llegar a alguna parte, quizá llegar a un trabajo, cumplir un sueño, visitar una familia… no lo sé.
Suelo ir a un café de la ciudad; no me gusta mucho salir de mi cuarto, las miradas dudosas penetran la piel de mi rostro, creo que mi apariencia no calza con lo establecido por ellos. Al llegar estoy un poco cansado, me siento en la misma mesa de siempre, no sé por qué, simplemente lo hago.
Un día al regresar, encontré en el fondo de mi saco, entre las boronas y los huecos, una llave diferente, parecía una de esas llaves antiguas, entonces intenté abrir la puerta. Como un acto de magia la puerta cedió lentamente dejando a la vista un mundo desconocido.
Cuando Mateo atravesó la puerta, su pequeño mundo de oscuridad había cambiado. Dio unos cuantos pasos arrepentidos, mientras veía unas fotografías que estaban en la pared. Paredes de madera y piso de tierra. Guiado por un tentador olor que se acercaba desde el fondo, tropezó con un niño que jugaba con unas piedras sin ningún sentido. Indiferentes vieron pasar a otro niño corriendo entre ellos dos. Unos segundos después, se rompió el silencio atónito. El sonido sangriento de una detonación recorrió kilómetros entre los densos potreros y bosques. La desesperación invadió al niño, Mateo sintió que algo no andaba bien, cuando el niño corrió en busca de su hermano, Mateo lo siguió, ambos corriendo enloquecidamente, las ramas le chocaban agresivamente contra su cara, el infinito laberinto se resolvió dolorosamente. Estaba ahí, su escueto cuerpo tendido entre las ramas de aquel árbol. Las lágrimas hicieron un río mezclado con la sangre. La respiración cada vez se hacía más lenta, el corazón latiendo a la velocidad de un rayo, con cada grito se desgarraba en pedazos el alma de Mateo. Recordó aquel momento duro de su vida, no supo qué hacer, nada…
Unos segundos después la dramática escena desapareció; algo agitado, comenzó a escuchar unos susurros que lo invitaban a bajar la colina de aquel pasto verde. Curioso, siguió el ritmo de las risas que traía el viento. Cuando llegó, encontró a dos jóvenes acostados bajo un árbol, a su lado el suave sentir de un río. Rebeldes a todo lo que ocurría a su alrededor, parecían estar felices. Él la miraba fijamente a los ojos mientras ella acariciaba lentamente su pecho. El río se llevaba las horas, del árbol caían las hojas y el cielo cambiaba el sol por unas cuantas estrellas. Fue cuando ella le preguntó:
-¿Mateo… vos me amás?
Él buscó respuestas acongojantes entre la luna y las estrellas, entre los ojos verdes y las rosas rojas, pero no logró componer ningún soneto, los versos huyeron con el viento, y reinó un absoluto silencio.
Mateo observando desde largo, lo felices que fueron esos momentos, decidió acercarse un poco más, quizá en busca de respuestas o alguna reivindicación, pero los dos jóvenes desaparecieron. Mateo entonces, se acostó debajo del árbol, tomó la posición que tenía y al aire solitario, dijo:
-Sí… sí te amé…
Entonces se quedó acostado toda la noche observando las estrellas. Cuando el cielo cambió las estrellas por el sol, ya Mateo estaba en otro lugar.
Las teclas escribían palabras imprecisas, todo estaba oscuro, solo una candela permitía iluminar el papel impreso por los pensamientos de ese joven soñador. Entonces Mateo se ve… ahí sentado, intentando escribir algo en aquella máquina que había comparado con mucho esfuerzo. Su sueño… ser escritor, entonces Mateo decide sentarse a la par de él.
De pronto llega su padre, sus pies tambaleaban idiotizados por el alcohol que no pudo detener ninguna leyenda de pueblo. Al ver que su hijo estaba escribiendo, se le acercó y con un tono de burla le dijo:
-Pues… mire que me encontré aquí, es mi hijo… mi hijo el escritor… ¿por qué no médico?... escritor.
Él trata de arrebatarle la máquina de escribir, pero Mateo forcejea con él… el puño duro, impotente, cortó el aire dejando a Mateo en el suelo. Pensó que ya era suficiente, así que cogió su máquina de escribir y se fue. Nunca más volvieron a verse…
Las lágrimas caían entre mis mejillas; sentado en una esquina de mi lúgubre habitación, veía al otro lado fijamente la máquina, llena de polvo, hogar de algunas telas de araña, vieja e inservible. Cuando volví la mirada, había un cuadro en frente mío, me levanté y fui a observarlo. Era una foto mía… viéndome en el espejo. Aprecié que algo había recuperado, me quedé mirando fijamente esa fotografía que me decía, quién soy, de dónde vengo. Las horas y los minutos fueron consumidos por el cuadro, sentí que la vida me había devuelto la vida misma. Ya me había aceptado a mí mismo.
Me di media vuelta, abrí la puerta del cuarto y un destello formidable iluminó todo… me cegó por unos cuantos segundos…y salí.
Un cuento para el curso de Redacción y estilo U veritas