
Sentado en algún rincón de San José… solitario, sintió un aire de creatividad.
Viendo la gente pasar, mentes pasajeras, nómadas en el pensamiento.
El ruido de la ciudad lo adormeció, un mural de colores y formas fue pintado en la calle del laberinto infinito.
Un futuro incierto, el tiempo ya no existe para él. Todo se detuvo, mientras imagino algún día un loco cineasta, escribiendo en escenas complicadas, los versos que ella nunca escucho, los soñó…, los vivió.
Esperó unas cuantas horas, quizás mas, ya no lo sabe, esperando alguna señal, solo vio hojas volar, volar al ritmo del viento. Al igual que él, no se dio cuenta cuando ni como había llegado a ese extraño lugar, solo sintió el viento chocar contra su frente.
Sonidos, ruidos, olores, ritmos, árboles, personas, eran imágenes que le venían frecuentemente. Se dio cuenta entonces, que estaba soñando despierto. La complejidad de su imaginación mezclada con la realidad formando así una armónica existencia surreal.
No tuvo más opciones, nadie que le diera algún concejo. De esta forma con mucha decisión, se levantó y siguió caminando… como siempre… al ritmo del viento.
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